25 | MAY 2017
ECO SWITCH
19 ABR | 2014
Øtras de Córdoba, Córdoba, Argentina
Ojos amigos, la luz en el horizonte para una historia de vida
Maximiliano Tosco jugaba en Deportivo Independiente de Río Tercero. Sufrió un derrame cerebral mientras hacía una entrada en calor. Desde hace un año, su lucha es la de todo un equipo que lo acompaña.
S

u mirada parece penetrar. Comunica, siente, emociona, enseña. Y entonces te quedas observándolo. Él no habla, pero a veces las palabras están de más, y cuando Maxi te mira, te está comunicando. Está sentado y dialoga, con la mirada, con cada uno de los amigos que está visitándolo en la clínica de rehabilitación neurológica Castillo Morales, de la ciudad de Córdoba. La sensación es que está diciendo "gracias por venir, gracias por estar". Pero los 14 amigos que lo rodean le están ofrendando amor, o mejor dicho le están devolviendo en gratitud la amistad que él les obsequió cuando todavía [...]

Periodista y lector. Amante del potrero argentino. Actualmente en el diario La Mañana de Córdoba y colaboraciones para la revista El Gráfico. Observador, sabiendo que en cada esquina puede haber una historia por contar.
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[...] estaba bien.

Está lloviendo en la ciudad. Previamente en las radios locales anunciaban que había un alerta meteorológico en la provincia. En Córdoba llueve, y en localidades aledañas ha caído granizo. A estos 14 amigos no les importó. Están ahí. Le dan a Maxi un abrazo y un beso, recuerdan anécdotas, se ríen, hacen bromas, muchas bromas, y él los mira y en más de una oportunidad deja escapar una sonrisa. Está sentado en una silla de ruedas que le queda demasiado incómoda. Y reniega por eso. Se nota. Sentado observa y rememora junto a su grupo de amigos viejos partidos de fútbol. Partidos de fútbol... Y la oración parece hacer un eco interminable en el teclado; porque todo se une con la pelota: los amigos, este presente, su recuperación...





Maximiliano Tosco tiene 22 años. Poseía un físico privilegiado, era un centrodelantero potente, goleador, estaba a préstamo en Náutico Rumipal, luego de una vida festejando goles con la camiseta de Deportivo Independiente de Río Tercero. Maxi tenía sueños de goles. Hoy lucha; y esa lucha comenzó en mayo del 2013, en una soleada siesta dominical en las sierras cordobesas.

Maxi trotaba junto a sus compañeros del Náutico de Villa Rumipal. Estaban haciendo la entrada en calor, previo al enfrentamiento ante el club Biblioteca La Cruz por la Liga Riotercerense de fútbol.  Y en un instante, la vida de Maxi cambió. 

Maxi cayó desmayado.Todos comenzaron a correr, llamaron a la ambulancia. Cuando logró despertar, vomitó. Pocos le prestaron atención en ese momento. El partido comenzó, mientras al “9” lo llevaban en la ambulancia para hacerle un chequeo. Cuando el juego concluyó, su amigo Pablo Rébola, también de Río Tercero, preguntó por Maxi. “Lo llevaron a Santa Rosa”, fue la respuesta, ante la sorpresa del arquero, quien rápidamente se fue hasta Santa Rosa de Calamuchita y se encontró que Maxi no paraba de vomitar. “Es una resaca”, dijo uno en el hospital. Sin embargo, no era normal que desde las 16 hasta las 22.30 de ese domingo haya vomitado ¡15 veces! A Pablo le dijeron que se lo podía llevar, pero no a la casa, sino que a un sanatorio en Río Tercero para que esté en observación. Cuando llegó Celeste, la hermana, y Gabi, la novia, y optaron que esa era la mejor opción, apareció un doctor que hoy es recordado como “un ángel”.

“Ya nos estábamos por ir y llegó un médico, no recuerdo el nombre, quiero saber cómo se llama. Para mí, él le salvó la vida”, explica emocionado Rébola, uno de los mejores amigos de Maxi y un ferviente luchador por la recuperación de su compinche de travesuras.
Antes de que dejaran el hospital, este médico pidió que se lo dejaran ver nuevamente. Lo zamarreó, le gritó su nombre, lo despertó. Cuando abrió los ojos, le hizo una prueba y Maxi no reaccionó. “Tienen que llevarlo ya a Río Tercero para descartar un derrame cerebral”. (Oh, esas frases inolvidables y lastimosas que estallan en el cuerpo.) Nadie imaginaba algo similar.

Las estrellas desaparecieron del cielo y se transformó en una noche bien oscura cuando ya en el sanatorio de Río Tercero le hicieron una tomografía y se confirmó lo no deseado. Sí, derrame cerebral.

Había que llevarlo con urgencia a Córdoba. La familia preocupada y los amigos comunicándose entre sí ante tamaña ingrata novedad. Había que ir a Córdoba, pero en Córdoba no había cama. En consecuencia, el viaje urgente tuvo como destino Bell Ville. Sí, primero fue Villa Rumipal, luego Santa Rosa de Calamuchita, después Río Tercero y ahora, en medio de esta situación debían viajar 149 kilómetros hacia Bell Ville. Al llegar a aquella ciudad lo atendió un “especialista”, pero... (Otra vez un “pero” alterando los nervios)... el nosocomio de Bell Ville no estaba en condiciones y el médico disculpándose les dijo que no tenían los materiales para asistirlo. Y entonces a mamá Estrella le llegó otra sentencia que aumentó la tensión: “Debe llevarlo a Córdoba, pero le tengo que decir, señora, no sabemos si llegará vivo a Córdoba”.

De Bell Ville a Córdoba, 207 kilómetros. Desde el momento del desmayo hasta llegar, por fin, al Hospital Córdoba, pasaron más de 24 horas donde Maxi, en un estado de riesgo, recorrió 412 kilómetros. Rápidamente ingresó a terapia intensiva, estuvo bajo cuidado, le hicieron estudios y demás, hasta que cuatro días después, la mañana del viernes le hicieron una embolización para secar la malformación que tenía en el cerebelo. Se había descubierto que Maxi tenía una malformación congénita que estaba en silencio y apareció aquella tarde del 28 de abril.
Esa intervención salió bien. Tal es así, que Pablo Rébola cuenta: “Al mediodía lo fui a ver, y se reía. ‘Se cagaron, eh. Creían que me moría’, nos decía. Hacía bromas”.

Parecía que la odisea tenía un final más tranquilo. Aunque había que esperar la intervención más grande. Y había riesgos. Y tuvo efectos. El “manoseo” le afectó, pero, quizás, dicen desde su entorno, la neumonía que le agarró en terapia intensiva tras la operación le jugó una mala pasada. Tal es así, que le provocó dos paros cardiorrespiratorios. Dejó secuelas, y al tener muerto algunos tejidos, perdió motricidad.

Entiende, pero en silencio. Se está por cumplir un año de su lucha y no se da por vencido, como cuando el partido era duro y los defensores aguerridos le impedían penetrar el área. Pero él lo hacía, y festejaba goles, y era abrazado por sus compañeros, porque supo hacer amigos. Y esos amigos hoy van a darle apoyo, a él y a la familia. Le hablan. Lo motivan. Él sólo gesticula. “Hay que tener paciencia. Él es muy querido y lo vamos a ayudar a salir adelante”, dice Pablo. El fútbol te da amigos, que valen más que un campeonato.



Pablo recordó que en septiembre les hizo el gesto con las manos de ‘éstos están locos’. Y decía: “Hay momentos en los que está triste. Pero ahora está con ánimo. Sigue luchando”. Ese “sigue luchando” hace eco y da fuerzas a su familia, a sus amigos. Porque Maxi Tosco supo cosechar amigos que hoy están con él. Amistad.

La recuperación no es fácil. Todo lo contrario. Le pasó de todo… Pero sigue firme. Ya no pesa los 90 kilos de antes, pero tampoco tiene los 55 que llegó a pesar hace poco tiempo atrás. Ya no come los seis choripanes al hilo, como cuenta Adrián Albornoz, quien supo ser su técnico en Independiente de Río Tercero. Pero está, con ganas, aferrándose a sus fuerzas.

Gabriela, la novia de Maxi, que lo observa con un amor indescriptible, narra: “Uno de los primeros signos de que estaba consiente en el hospital, más allá de pedirle que me haga los números con los dedos, fue identificar el escudo de Instituto. ¡Y lo hizo! Desde el día que fui a buscarlo a Santa Rosa jamás dejé de pelear por verlo bien. Pasaron días difíciles. En la terapia sufrió dos paros cardíacos, meningitis, neumonía, todas las infecciones intrahospitalarias imaginables. Pero yo siento que está tomando vuelo, Dios está con él...” Ella dice que tiene Fe. Y, la fe mueve montañas.

El 21 de febrero Gabriela subió en su muro de Facebook un video. No es un video más. Emociona. Sabiendo el contexto, emociona aún más. Hacia unos días les habían comunicado a la familia, y a ella, que Maxi tenía isquemia en tronco encefálico, y que su estado era irreversible... “Irreversible”, palabra frustrante; pero no para los creyentes. Y el video lo demuestra: Maxi está sentado en la incómoda silla de ruedas gris, acompañado de mamá Estrella (¡Qué nombre ideal para esta señora!); Gabi le tira una pelota de fútbol recién comprada. Quienes ven el video se paralizan, supuestamente Maxi no se puede mover. ¡Pero Maxi en un acto reflejo de todo amante del fútbol tira la pierna izquierda para pegarle al balón y logra hacerlo! Estrella se emociona y lo abraza, mientras Gabriela salta desesperada gritando de felicidad. Maxi lo hizo. Maxi lo puede hacer. Mientras tanto, se les eriza la piel a los que ven el video consientes de la lucha de Maxi, su familia, su novia y sus amigos.



Es sábado. Abril de 2014. Llueve. Los 14 amigos están alrededor de Maxi. Son un canto a la amistad. Y guarda que no están todos. Hay algunos que fueron a visitarlo hace unos días. La lista de amigos que tiene Maxi sí supera los dedos de las dos manos. Es grande. Lo demostraron con la Peña Solidaria que organizaron y fue todo un éxito, y también con los buzones de recolección de donativos que distribuyeron en distintas partes de la ciudad de Río Tercero. Lo demuestran estando. No olvidando. Apoyando a la familia, apoyando a Gabriela... Lo reflejan cuando hablan de él, cuentan las anécdotas que lo tienen como gran protagonista, y sus ojos brillan.
En su “anterior etapa”, cuando era ese grandote que rompía redes en la liga riotercerense de fútbol, cosechó amistades. Las supo cultivar y por eso estos amigos están junto a él. Por eso se hizo amigo de Leo, que también está en el Centro de Rehabilitación recuperándose de un accidente y muestra orgulloso una de las tantas camisetas de la Roma que le regaló Totti.
Maximiliano Tosco es un sinónimo de lucha ante su adversidad, pero sobre todo es sinónimo de amistad. Lo dicen sus ojos, porque esos ojos negros cuentan esta historia, que aún espera un final feliz. [Ø]

Marcos Villalobo