25 | SEP 2017
ECO SWITCH
02 ABR | 2014
Fenerbahçe SK, Estambul, Turquía
El día que la voz del estadio desató un infierno inolvidable
Con el título en juego, el hombre del anuncio informó un gol inexistente. Mientras Bursaspor celebraba en su estadio, los hinchas del Fenerbahçe creyeron ser campeones. Fue en 2010. Se recordará para siempre.
U

n río, que más que río es toda una leyenda, divide a un pedazo delgado de tierra en dos mundos tan distintos como parecidos. El Bósforo nos recuerda que la naturaleza sabiamente ha ejecutado un movimiento de continentes a lo largo de los años que nos ha dejado lugares asombrosa y estratégicamente acomodados en distintos rincones del mundo. Esos privilegiados lugares, por su brillante ubicación geográfica, gozan de tesoros culturales y sociales y de una historia rica en historias, valga la redundancia. Estambul, con sus colores, olores, sabores y sonidos, sus intensos sonidos, es una de [...]

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Columnista en La Ciudad Deportiva y ex FutbolSapiens. Viaja para vivir y vive para viajar. Pondrá, en algún momento, un restaurant donde él mismo cocinará un platillo de cada parte del mundo, cada día del año. Prefiere el caño que el gol. Toca el clarinete turco.

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[...] aquellas gemas. La pelota difícilmente se escapa del protagonismo en lugares como estos y nos otorga postales memorables en la cancha, en la grada, en el bar y hasta en el microbús.

No obstante, el fútbol en Turquía es mezquino consigo mismo, quizás como en ningún otro lado. Este desafortunado atributo se vio alterado en el 2010 cuando el Bursaspor, de Ertuğrul Sağlam, escribió su nombre en la egoísta lista de gloria. Los Cocodrilos Verdes se transformaron, estadísticamente increíble, en el segundo valiente que le impedía a Estambul quedarse con el trono. El primer título en la historia de este modesto club desató una noche de euforia, llantos y juerga en las calles de Bursa, cuarta ciudad más grande Turquía y antigua capital del Imperio Otomano. Sin embargo la envidia invadió a Estambul y, bajo el amarillo y azul de los fenerbahçistas, desató un capítulo equivalente en ruido, alboroto y llanto, eso sí, con lágrimas de frustración en lugar de alegría.


Casi tres horas antes de que iniciara el desenlace del campeonato turco, el título, sin dueño todavía, estaba al alcance únicamente para dos aspirantes: los de Bursa y los del lado asiático de Estambul. Fenerbahçe llegaba con un punto de ventaja tras un duro tropezón en las últimas fechas que lo bajó de campeón por adelantado a simple mortal. Recibían en el Şükrü Saracoğlu al Trabzonspor, curiosamente el otro equipo que se podía jactar de haber salido campeón y no ser de la capital turca para los turistas. En el Atatürk de Bursa, el local le hacía los honores a otro de Estambul, el Beşiktaş. Un coincidente doble mensaje indirecto. Sağlam llegó al último estirón con ansia, esperanza y cansancio, tras agarrar el micrófono una y otra vez en las anteriores 33 fechas para defender a sus muchachos de las críticas de los incrédulos. “Condeno a todos los individuos que andan diciendo que nuestro momento es mera coincidencia”, decía. “Es una falta de respeto hacia nuestros esfuerzos y jugadores, quienes tienen un carácter perfecto. A pesar de que ellos no poseen un perfil alto como nuestros oponentes, tienen una determinación única. Eso es lo que hace una diferencia entre ellos y nosotros. Tras haber conseguido entrar en el podio, creímos en nuestros corazones cuando nos dijeron que podíamos conseguir el título”. Aun así, el príncipe dependía del rey.

El desenlace fue idiosincrático y emocionalmente extremo. Los partidos iniciaron en ambos frentes al unísono y Fenerbahçe no tardó en tomar la ventaja gracias al español Daniel Güiza. Cuando el puerto de Kadiköy yacía en aguas tranquilas apareció Burak Yilmaz, actual bastión ofensivo del eterno rival Galatasaray, para darle el empate al Trabzonspor y catalizar la preocupación entre los hinchas auriazules. En Bursa, el argentino Pablo Batalla puso lo que faltaba para que la versión turca de David contra Goliat fuese ya una realidad. Al medio tiempo, un autogol de Ibrahim Toraman dejaba al Bursaspor con dos goles de ventaja y, por ende, un punto arriba del Fenerbahçe. Faltaban 45 minutos en los dos estadios. El segundo tiempo en el Şükrü Saracoğlu fue una constante impotencia de los locales y un catenaccio otomano de los visitantes. Parecía, y se veía en la cara de cada aficionado del Fenerbahçe, que el milagro no dependía de ellos mas de lo que sucediera al otro lado del mar de Marmara. A dos minutos del final Ugur Inceman descontó para el Beşiktaş en Bursa y, a falta de lo que añadiera el árbitro en el agregado, todo se resumía a una anotación, fuese del Beşiktaş o del Fenerbahçe.

El Infierno
Cuando el silbatazo final llegó en los dos estadios todos, excepto los habitantes del Şükrü Saracoğlu, eran testigos de un hecho histórico: el temido segundo gol del Beşiktaş nunca llegó y Bursaspor, con 47 años de vida, conseguía su primer título en la historia. La multitud se desbordó de emoción e invadió el terreno de juego para celebrar con los suyos la hazaña. Las cámaras grababan esa algarabía típica del hincha de equipo chico cuyo triunfo, fugaz como el paso de un cometa, sabe cien veces mejor que el de un equipo grande. La gran sorpresa llegó cuando hicieron enlace a Estambul para mostrar la otra cara de la moneda: la supuesta decepción y resignación de los fenerbahçistas. No había tal. Los hinchas, envueltos en bufandas y éxtasis, invadieron el campo celebrando un título que, evidentemente, sólo estaba en sus mentes. Nadie daba crédito y explicación alguna a la reacción.

“Alguien dígales que no son campeones por favor, no entendemos la celebración de la gente en Estambul”, decían los comentaristas en la transmisión. Lo que ignoraban los periodistas era el imperdonable error del hombre que manejaba el sonido en el Şükrü Saracoğlu. Lo que ignoramos todos también es sí aquel error fue intencional o casual. Su desliz fue la causa de uno de los episodios más absurdos en la historia del fútbol turco y que los hinchas, sobre todo los de Estambul, jamás olvidarán.



A dos minutos del final de ambos encuentros, el hombre del sonido anunció la noticia que revivió al aficionado del Fenerbahçe: el gol de Inceman en Bursa. Sin embargo, en el descuento el susodicho pecó de euforia, ingenuidad e incapacidad. Agarró el micrófono, dijo que Beşiktaş había conseguido el anhelado empate en Bursa y desató el frenesí de los 50 mil hinchas en el estadio que se creían campeones. Ese tipo de descuidos no son los que el ciudadano turco acepta con estoicismo y reprocha con una simple mirada, ya que sólo existen dos cosas con las que no se bromea en Turquía: la esposa y el escudo.

El bofetón de la realidad llegó veinte minutos después de la invasión al campo y fue anunciado por el mismo que generó la falsa alegría. El hombre del sonido agarró el micrófono nuevamente y con una voz temblorosa aclaró el malentendido. El cólera invadió al hincha de pies a cabeza. Las sillas de plástico comenzaron a volar como botellas y pequeños puntos rojos fueron apareciendo poco a poco en distintas partes de la grada: el Şükrü Saracoğlu estaba siendo incendiado por sus propios hinchas. En la explanada los policías no se daban abasto para contener la ira de los engañados, que arremetían con lo que se les pusiese enfrente. Finalmente el campo pudo ser evacuado, no por los elementos de seguridad mas por los bomberos: “O se salen o se les cae su estadio”.

Al año siguiente las cosas volvieron a ser normales. Bursaspor volvió a su triste realidad tras una paupérrima aventura europea y Fenerbahçe conquistó esa liga que el hombre del sonido les había cruelmente adelantado. [Ø]